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martes, 21 de junio de 2011

La rana y el alacrán

Como ya he dicho, me da pena despedirme de mis alumnos. Hemos compartido no solo conocimientos de lengua y de literatura, sino también parte de nuestra vida. La variedad de motivaciones, intereses, capacidades, de actitudes, ha sido enorme y fluctuante, (recordemos que se trata de adolescentes). Las relaciones son así, con algunas personas conectas antes, con otras después, con otras nunca, es inevitable, aunque no debemos perder de vista lo que nos une y nos lleva al instituto. Lo que sí puedo asegurar es que en ningún momento se ha perjudicado el beneficio del alumno, independientemente de quién fuera o las circunstancias. Y el beneficio es que aprenda: que aprenda la materia, que aprenda a esforzarse, a estudiar, a ser responsable. Por eso, aun me sorprende escuchar a padres que justifican de sus hijos lo contrario y te hacen a ti responsable de su actitud y de sus resultados. Hace años, un amigo y compañero me lo explicó con el siguiente cuento: 
Una vez, en la tierra de Shien-Lon, llovió intensamente durante muchos días seguidos. Las semanas transcurrían bajo el intenso aguacero, desgranando, gota a gota, el paso inexorable de las horas. Llovió tanto, que el gran río Yang-Tse llegó a desbordarse, inundando como un mar todas las comarcas vecinas. Sólo quedaban sobre el nivel de las aguas, algunas colinas bajas y aisladas, que formaban pequeños remansos, entre el turbulento correr de las aguas. Pronto también aquellos pequeños promontorios quedarían anegados y todos los seres vivientes en esos refugios se ahogarían.

En una de esas pequeñas islas, rodeadas por un mar de aguas marrones y lodosas, había quedado atrapado un alacrán. De repente, éste vio a una rana nadando alegremente en el agua y le dijo:

-Oye rana, llévame sobre tu lomo hasta tierra firme. Si no me salvas, moriré ahogado.

La rana miró al alacrán, dubitativa, y le contestó:

-No... no puedo llevarte, porque si subes sobre mi lomo me picarás y moriré.

-Anda, rana... ¡Sálvame! Prometo formalmente no picarte con mi aguijón.

La rana asomó la verde cabeza fuera del agua y dijo:

-No, no me fío de ti.

-Me picarás... Eres un alacrán...

-¡No!! -respondió el alacrán- ¡No te picaré! ¡Lo juro!

-¡Anda, sálvame! Y puedes tener mi palabra de honor de que no te picaré.

-Está bien -dijo la rana- Acepto tu palabra, pero lo haré con esa condición.
Y así fue como el alacrán montó sobre el lomo de la rana y ambos se dirigieron nadando hacia la salvación. La rana vigorosa daba amplias brazadas sobre la superficie espejada del agua. Sus fuertes patas traseras impulsaban a ambos en dirección de las tierras altas, dejando una estela de espuma ondulante. Estuvieron nadando varias horas, hasta que ya se empezaba a divisar sobre el brumoso horizonte la oscura línea que anunciaba las verdes colinas de Lushan, aquellas donde el agua ya no podía llegar y que serían la salvación del alacrán. Y así, iban bogando, a través de aquel inmenso piélago interior cuando, de repente, la rana sintió un fuerte dolor en la nuca.


Era un dolor agudo, lacerante, adormecedor.Enseguida, comenzó a estremecerse.El veneno corría raudo a través de sus venas, paralizando los miembros y obnubilando los sentidos. La rana se dio cuenta de que el aguijón del alacrán había penetrado en sus carnes, inyectando el letal veneno.

Ya, en el último instante de lucidez, alcanzó a musitar:

-Alacrán, ¿Por qué me has picado?

-La tierra firme aún está muy lejos, ahora moriremos los dos.

Y mientras ambos se hundían en el agua, irremisiblemente, el alacrán alcanzó a decir:

-Perdóname, no pude evitarlo.

-Soy un alacrán, mi naturaleza es picar.

 Cuento tradicional


Espero que os sirva de ayuda.

martes, 24 de mayo de 2011

El elefante encadenado

Se acercan los exámenes finales, los agobios, el esfuerzo, recoger el fruto del curso. Algunos de mis alumnos me dicen que ellos no van a aprobar porque la lengua se les da mal, porque nunca la han aprobado en junio, porque tienen alguna evaluación suspensa. Yo les digo que con trabajo se puede conseguir todo, ¡ahora es el momento! La única manera de saber si puedes alcanzar tus objetivos es intentarlo de nuevo poniendo en ello todo tu corazón.¡Todo tu corazón! (Jorge Bucay, Cuentos para Demián)
“Crees que algunas cosas no puedes porque alguna vez no pudiste, pero ahora eres grande y fuerte, si tiras de la cadena podrías liberarte, ¿por qué no lo intentas?”

martes, 1 de marzo de 2011

Cuento

Este cuento lo hemos comentado en clase, algún alumno ya lo conocía con moscas como protagonistas, puede que haya muchas versiones al ser tradicional. Lo incluyo en el blog para recordar su significado, para que todos lo tengamos en cuenta, especialmente mis alumnos, a los que les espera unos días muy duros de exámenes. No desistáis.

LAS RANITAS EN LA NATA

Había una vez dos ranas que cayeron en un recipiente de nata.
Inmediatamente se dieron cuenta de que se hundían: era imposible nadar o flotar demasiado tiempo en esa masa espesa como arenas movedizas. Al principio, las dos ranas patalearon en la nata para llegar al borde del recipiente. Pero era inútil; sólo conseguían chapotear en el mismo lugar y hundirse. Sentían que cada vez era más difícil salir a la superficie y respirar.
Una de ellas dijo en voz alta: “No puedo más. Es imposible salir de aquí. En esta materia no se puede nadar. Ya que voy a morir, no veo por qué prolongar este sufrimiento. No entiendo qué sentido tiene morir ahogada por un esfuerzo estéril”.
Dicho esto, dejó de patalear y se hundió con rapidez, siendo literalmente tragada por el espeso líquido blanco.
La otra rana, más persistente o quizá más tozuda se dijo: “¡No hay manera! Nada se puede hacer para avanzar en esta cosa. Sin embargo, aunque se acerque la muerte, prefiero luchar hasta mi último aliento. No quiero morir ni un segundo antes de que llegue mi hora”.
Siguió pataleando y chapoteando siempre en el mismo lugar, sin avanzar ni un centímetro, durante dos horas.
Y de pronto, de tanto patalear y batir las ancas, agitar y patalear, la nata se convirtió en mantequilla.
Sorprendida, la rana dio un salto y, patinando, llegó hasta el borde del recipiente. Desde allí pudo regresar a casa croando alegremente.